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sábado, 31 de marzo de 2007

El vestido (Sara Tege)

Cuando se la llevaron, Mara seguía pensando que lo que menos quería era casarse con Simón.
Lo había estudiado de reojo con su mirada de niña, el día que sus padres se lo presentaron. Era demasiado obeso para caminar junto a su pequeño cuerpecito por las Galerías de Miraflores. ¿ Qué iba a decir la gente? El saco apenas prendido debajo de ese vientre espeso, artificial, como el de un payaso de circo. Ella sabía que una de sus obligaciones después de la boda sería dormir con él, soportar caricias y otorgarlas. Imaginó su mano pasando sobre el conjunto de pelos que le asomaban en el pecho a través del cuello de la camisa y apretó la muñeca que le regalara su abuela contra sí. Lo único bueno que le encontró a Simón fueron los modales; pero al cabo de un rato, los interrumpieron estridentes carcajadas que brotaron desde el fondo de su garganta. ¿ Por qué la obligaban a casarse con ese hombre?
Durante semanas los sueños se trasformaron en insomnio y, al llegar la madrugada, las pupilas encendidas en la oscuridad, acompañaban la obsesión de interrumpir aquel casamiento. Habló con su madre, pero sus argumentos cayeron en saco roto. "El amor... querida Mara. Veinte años más que vos, ¡qué son veinte años! Sé lo que te digo: con el dinero que tiene, rápido consolará tu angustia."
Hizo intentos con su padre pero él, con el ceño fruncido, contestó que lejos estaba de ella, el poder de aquella decisión.
Los preparativos ocuparon por completo los días siguientes. Mara continuaba con los insomnios, comía poco y hablaba menos. Más de uno notó que sus nervios estaban algo desordenados. La madre solía encontrarla al lado de la ventana, con la vista perdida. "¿Qué mirás", le preguntaba. Ella contestaba siempre lo mismo: "¡Qué larga es la calle, madre, y en cuántos caminos se pierde".
Aquella tardecita de marzo, después de la última prueba, la modista prometió volver por la mañana a vestirla para la ceremonia. El vestido quedó sobre el sofá de la habitación. Blanco, vaporoso, inquietante.
La noche cayó serena. La luna picaba el espejo, desmembrándose en pálidos haces que irisaban el vestido. Mara lo miraba sin renunciar a su idea fija.
Nadie la escuchó bajar la escalera. Ni vieron la filosa sombra que deambuló por las maderas enceradas de la habitación. Tampoco, los cortes que destrozaron, junto a la lentitud de las horas, cada brote de encaje que se desprendía del vestido.
Dicen que cuando se la llevaron, sonreía como jamás había sonreído.

Dónde te busco (Maikel Riggs)

Dónde te busco

por las mañanas

estrella fugaz

que intento atrapar

a deshoras

con mi anzuelo poesía

y te escurres

súbitamente

entre la ranura imperfecta

de unos torpes (por enamorados)

dedos

Quisiera (Eva Maria Salinas)

Quisiera encontrar las sinrazones
reconocer las absurdas obsesiones
que gobiernan mis manos
las ansias que se ocultan
tras quimeras
el espacio impenetrable donde la luna
se hizo sombra
Quisiera empezar
las crónicas de mi muerte
escarbarme paso a paso
conocer los rincones
donde mi esperanza
cayó derrumbada
donde la brújula
bufoneó a mi norte
alzarme en paz hasta mi tumba
Quisiera aniquilar
la temible inquietud de hallarte
la bruma pasajera del mar
cuando no es mío

Quisiera desnudar
de sinceridad los pensamientos
los sentidos de mis pasos
las palabras que te nombren
la brisa sutil que despierta cuando te evoco
Quisiera hallarte
y escapas
fantasma escurridizo
incertidumbre / desvelo
misterioso espejismo mis manos

A Cristina Peri Rossi (Kepa Uriberri)

Ajadas, tantas primaveras
vagan
en el vietre, pleno
de inconmensurables flores.
Son esferas donde bogan
vagarosas en la espuma
del lodo antiguo
apolilladas
luciérnagas.
Caracolas en su baba.
El vaho de los pájaros
crece de su vientre
como últimas mieses.

Base por altura de un escrito (msq)


El ángel cobrizo (Anabel)

Maikel corre por El Malecón. La espuma del alborotado mar le moja la cara, la camisa abierta, el pantalón vaquero cortado a la altura de las rodillas, las sandalias. Empapado, con su brillante pelo negro parece un ángel moreno que fuera en busca de las alas olvidadas en algún rincón después de besar unos labios ardientes. Y es que Maikel es un despistado, un joven estudiante con muchas ideas en la cabeza y pocas horas en el día. No le gustan las premuras, se declara abiertamente pacífico, amante de la vida sencilla y de las mujeres capaces de dar sin esperar. Él les regala su cariño para llenarlas de vida, para que no olviden que un ángel bronceado estuvo en su cama. Y no lo olvidan. Pero hoy Maikel tiene prisa, más que prisa, urgencia que le aprieta el corazón. Y corre, corre por El Malecón. Siente como su sangre empuja las venas de sus sienes y su sudor se mezcla con el agua salada. No quiere pensar, sólo correr.
Atrás ha quedado El Malecón y se adentra por las desconchadas calles de La Habana, por las que tantas veces ha paseado su grandes ojos en busca de otros ojos donde posarse, donde mostrar sus poéticas ocurrencias que tanto éxito tienen, que tanto calor le proporcionan. Pero hoy las miradas no encuentran respuesta, los ojos de Maikel miran hacia delante con desespero; hoy el aroma a ron de los soportales de las casas que tan bien conoce no le estira de los brazos impidiéndole retirarse a estudiar.
Nunca había pasado tan veloz por el Vedado, la calle 21 se niega a aparecer. Por fin, la fachada blanca del ISLA (*) se deja ver y Maikel atraviesa la verja casi sin aliento. Se dirige hacia el salón donde los únicos adornos de las múltiples mesas son los dameros y los trebejos que habitan en ellos. Rodeado de un grupo de gente, acostado sobre uno de los sofás, José Raúl respira con dificultad. Al ver a Maikel, el niño alza la mano. Maikel intenta secar la suya en las ropas pero éstas están mojadas también. La siente fría, fría y pequeña. Mano que con magistrales movimientos ha ganado a los mejores jugadores de Cuba, entre ellos al propio Maikel. Pero José Raúl sabe que a Maikel le derrotó más que a los demás.
- No es tan importante ser el mejor. Yo siempre envidié cómo te ligabas a las chicas, nadie sabe hacerlo como tú –una leve sonrisa intentó mantenerse en los macilentos labios del niño-. Sigue jugando, sigue amando, sigue haciendo lo que te guste. Si has de destacar en algún arte, el arte te encontrará a ti, y será sin avisar.
Parecía que el niño hubiera hablado por inspiración divina, pero así era José Raúl: espléndido en sus afirmaciones, expeditivo en su juego, fulminante en su muerte. Todos creían que tenía un gran don; todos creerán que ese gran don fue la causa de su temprana marcha.
Sintió su mano todavía más fría, más pequeña y escurridiza. Se le escapó y cayó sobre el pecho del muchacho emitiendo un sonido hueco.
Las lágrimas de Maikel se mezclan ahora con su sudor y con el agua del mar. Sal sobre sal. Cabizbajo, se dirige a La Habana Vieja. No podrá olvidarse nunca de su mayor adversario de ajedrez: un niño de doce años con nombre de campeón mundial, que se convirtió en su gran maestro entregándole una magnífica lección sobre la vida.
Poco a poco, la música y la visión de cuerpos bailando el son le hacen latir más rápido el corazón. Vuelve a encontrar ojos abiertos de par en par, unos conocidos, otros por descubrir, y siente que las alas le vuelven a elevar unos centímetros por encima del suelo demostrando al mundo que es el ángel cobrizo de La Habana.
(*) ISLA: Instituto Superior Latinoamericano de Ajedrez

Siempre sin título (C. Dolores)

Más allá
tira de ti.
Tu nombre
todo a un tiempo
nace súbito.
Pero pronuncia el nombre
de quien odias o amas.
La caza de existir.
Tu nombre por el otro,
la única posibilidad.

Donde hubo y ya no queda (Erick Strand)

Masticar duda a Norte perdido
Donde hubo entonces ya no queda
Roto el rumbo, quebrada la vereda
Por donde paseaba yo contigo
Hojarasca empeñada en cubrir rastros
De éstos que eran uno

Es más, nadie nos recuerda
De nuestros pasos acompasados
Ninguno dejó huella
Ni puedo ya encontrar ese camino

Vuelvo el rostro a veces
Intento encontrar la muchacha enamorada
Y el viento remueve la hojarasca
Me trae un aroma que intenta ser tú
Parece que vuelvo a sentir por un instante
Tu mano diciéndome de nuevo siempre juntos
Y algo se me mete en los ojos
Me hace llorar y maldecir
Y ver borroso
Como se ven los recuerdos más felices

Arrecia el viento y se lleva todo
Incluida mi bufanda
La que anudaba al cuello en memoria de tus brazos
Y recuerdo con un esbozo de sonrisa
El apunte de calor que dejó un beso en mi cuello
Y que hasta ahora perdura

En la ventana (Alexqk)

Llego a casa, abro la persiana de mi habitación y lo veo allí en su ventana, mirándome. Es como si me estuviera esperando. Está con los brazos cruzados y puedo sentir sus ojos en los míos. Me aparto enseguida del cristal y me he lío un cigarrillo – cada día me salen peor -, mientras fumo vuelvo a mirar y sigue allí en la misma postura. Me vuelvo a apartar y termino el cigarrillo intranquilo. Luego me asomo de nuevo pensando en que ya se habrá marchado pero sigue allí de brazos cruzados, sin apartar la mirada, así que lo miro fijamente yo también, cruzo los brazos y estamos así unas cuantas horas hasta que el cansancio –él- me vence y desisto. Me aparto de la ventana, pero esta vez con una profunda sensación de derrota. Creo que nunca he conocido a nadie tan terco.
He decidido grabarlo con una pequeña cámara digital de vídeo, así que esta mañana antes de ir a trabajar compruebo si él sigue allí. Sigue, de hecho da la sensación de que no se ha movido en toda la noche. - Será cabezón -, pienso para mí mientras coloco la cámara y la dejo grabando. Mi intención es tener material suficiente para entrenar antes de que decida enfrentarme de nuevo a él. Podría entrenar frente a un espejo pero yo no soy él, mi mirada no es tan incisiva, por otro lado, entre su ventana y la mía hay una calle bulliciosa con miles de estímulos cada minuto, y el duelo implica mirarse a los ojos, clavar los ojos en los del otro sin que medie un autobús o el conflicto de dos conductores en el semáforo.
Llego a casa bastante cansado, como algo rápido y voy a retirar la cámara, él sigue allí, - es increíble, jamás podré vencerlo -, voy al salón, conecto la cámara al televisor y reproduzco lo que la cámara ha grabado mientras tomo una cerveza y tengo grandes dificultades para liar un cigarro que luego pueda fumar sin quedarme con el filtro entre los labios al retirar el cigarro de mi boca. El video me revela que no se ha movido de la ventana en al menos todo el tiempo en que la cámara ha estado grabando. Me mira desde la grabación fijamente y no puedo evitar imaginarlo en la ventana mirando en esos mismos instantes. Trato de concentrarme en la grabación, de pie, enfrente del televisor con los brazos cruzados me centro en su mirada grabación tras grabación, él en el video nunca cede y eso me sirve para fortalecerme, como un boxeador que golpea incansable al saco sin lograr tumbarlo directo tras directo.

Dedico tres o cuatro semanas a mirar el video hasta que un día decido enfrentarme a él de verdad, no a su imagen. Salgo a la ventana y está allí, nuestras miradas se enzarzan la una con la otra como si en la calle dos automóviles trataran de aparcar en el mismo hueco libre. Tras unas cuantas horas noto como comienza a ceder, al principio es un leve parpadeo, luego aparta la mirada durante un par de segundos, yo me crezco, abro la ventana sin apartar mis ojos de los suyos, apoyo los codos en el alfeizar y saco un poco mi cuerpo como para acercarme más, como para golpearle más fuerte. Vuelve a apartar la mirada un leve instante pero persiste. Sé que lo tengo, que es cuestión de tiempo el que ceda, lo sé porque me mira sin apenas convicción y yo puedo sentir las llamas brotando de mi nervio óptico. Finalmente cede, aparta sus ojos de los míos y se retira de la ventana con expresión apesadumbrada. Lo he vencido, por fin. Todavía estoy un par de horas mirando su ventana vacía como si él continuara allí, mis ojos saborean el triunfo escudriñando su habitación, como si quisieran atravesar los tabiques y el ladrillo. Creo que si durante esas dos horas - de la victoria - hubiera salido de nuevo habría podido radiografiar hasta el rincón más oscuro de su alma. Pero no vuelve a salir así que me retiro yo también. Decido celebrarlo con una cerveza fría y esta vez me lío un cigarrillo perfecto. Voy a por otra cerveza y a través de la ventana de la cocina, que da a un patio interior veo a una vecina en su cocina, decido acercarme a la ventana y mirarla. Ella me ve y primero retira sus ojos de los míos, pero luego vuelve a mirar para ver si continúo mirándola, y esta vez ya no se retira.

Lluvia (Eva Maria Salinas)

Cada gota
que moja tu cuerpo
esta noche
se desviste para amarte
te acaricia y recorre
te abraza y se derrama
tibiamente
hasta fundirse en tus manos

Cada gota
es el misterio
que mis ansias reclaman
la sed
que duele en mis labios
el amor
que abre sus alas
tímidamente
en tu cielo.

La sopa de piedras y la obra literaria (Kepa Uriberri)

Recuerdo, en este momento, como ejemplo de una historia que habrá sido narrada de miles de maneras diferentes, la de la sopa de piedras. Es un relato que pertenece al folclor y que refleja la picardía del hombre humilde de los pueblos hispanoamericanos. Intentaré hacer un reseña breve para que se me entienda mejor.
Por ese tiempo Pedro Urdemales estaba tan arruinado que había tenido que caer en la mendicidad. De este modo, golpea la puerta de una casa y le dice a la patrona: "Señora; sería su merced tan generosa que me llenara este tarrito con agua para prepararme una sopita de piedras, mire que tengo tanto hambre". La mujer, sorprendida, le pregunta: "¿Cómo es eso de preparar una sopa de piedras?". Urdemales explica que elige tres piedras de buen tamaño, ni muy grandes, ni demasiado pequeñas y se cuecen a fuego lento hasta que sueltan el caldo. "Entonces se toma bien caliente" concluye. No sin muchas dudas la mujer le llena el tarro con agua y se queda mirando cómo Pedro prepara la sopa. Éste selecciona tres piedras, las limpia bien limpias y las echa al agua. Como la mujer lo está observando, le dice: "Señora; sería usted tan bondadosa de convidarme, si le sobraran, unas dos papitas para ponerle a la sopa, para que quede un poco más enjundiosa". La mujer conmovida de la pobreza del hombre y lo magro de su almuerzo, le convida dos papas que él añade a la sopa de piedras. Antes de poner al fuego el tarro de sopa el hombre mira con ojos lastimosos a la mujer y le pide: "¿Y no tendría por ahí una zanahoria vieja que me sirviera para dar color a la sopa?". La mujer le convida la zanahoria y también, del mismo modo un trozo de zapallo. Con el mismo artilugio Urdemales consigue media cebolla, un puñado de arroz, y hasta tiene la desvergüenza de pedir un hueso viejo.
"Si tuviera, mi señora linda, un huesito de esos que le tiran al perro, nada más que para la consistencia, que me pudiera facilitar y después se lo devuelvo". La mujer conmovida le da, por supuesto, un trozo de carne. "Señora" dice por último el pícaro, "¿No me haría la bondad de ponerme al fuego mi tarro de sopa hasta que las piedras suelten el caldo?". "¡Como no!, buen hombre" dice la dueña y le cocina la sopa de piedras a Urdemales. Cuando ésta está lista, el hombre se sienta a la sombra de un árbol y con extremo cuidado saca las tres piedras y las bota a un lado antes de tomarse su magnífica cazuela con un estupendo trozo de carne, ante la mirada atónita de la patrona.
Esta historia me hace pensar, y quienes sepan de cocina pueden estar en acuerdo u opinar en un sentido completamente diverso, que muchas veces el elemento central de un plato resulta casi sobrante en el contexto de este. Podría dar como ejemplo la paella o arroz a la valenciana, donde el arroz, por sí mismo tiene tan poca gracia, que aliñando y aliñando el plato con un marisco y otro, con chorizos y carnes, azafrán para el color y tanto otro, lo que hace sabor al plato y gusta, no es el arroz que sólo sirve de volumen, sino todos los otros adobos y acompañamientos. Es también así, casi siempre con ciertas ensaladas verdes, a las que quitamos el sabor a pasto con aceite de oliva, limón o vinagre, talvez mayonesa, queso rayado, salsa de soya, algo de picante, trocitos de aceitunas y cuanto más. La salsa añadida llega a ser tan sabrosa que uno termina por pensar que por qué mejor no sacarle el pasto que no le hace mérito alguno.
Casi siempre el narrador inexperto, tal vez sea lo mismo con el poeta novato, busca para construir una historia o un poema, un hecho fundamental, sorpresivo o impactante o en poesía un sentimiento de intensa profundidad. A falta de ello a veces se estruja la imaginación hasta las más bizarras fantasías que llegan a rayar la puerilidad. No obstante si uno analiza muchas grandes obras literarias, su contenido es de una sencillez increíble: Un niño que no quiso crecer, cuya voz tan aguda rompía los vidrios, o un novio que devuelve a la novia porque no es virgen, desatando un asesinato brutal ejecutado con una ingenuidad infinita, o el largo periplo de una familia para enterrar a la madre, que concluye en la compra de un fonógrafo y una nueva mujer. Cuantas veces ese centro de la historia es casi una disculpa para un relato riquísimo, lleno de eventos y elementos que son los que traen aparejados el interés del lector y componen el verdadero valor narrativo. Muchas veces parecería que las mejores obras literarias son como una sopa de piedras, donde la disculpa para interrumpir al lector y capturar su atención es el garlito de las piedras que luego se sacan y se botan, dejándonos una sabrosa cazuela.
Después de mucho tiempo tejiendo historias, sin demasiada aptitud para lo sorpresivo, sino más bien interesado en la reflexión que se va enredando en el relato, puedo decir que como en la cocina, casi siempre el encanto de la obra literaria lo hacen los aliños y las salsas más que el arroz o las piedras. Talvez por eso la poesía nunca abandone el lirismo y la narrativa no llegue jamás a ser lineal y sorpresiva.

Solos (msq)

solos
frente
a
globos sonda solo
los que vienen
dados a conocerse
como
pasteles de merengue celestes
solo globos
en la garganta
tragan
burbujas aéreas
en el azul líquido que pasó a sólido como un cristal levantado del mar
y en el centro
tarta volante identificante edulcorante
globo volante